El beso del vampiro (1963)

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Si Él beso del vampiro no es de las obras que mayor entusiasmo despiertan dentro de la filmografía vampírica de la Hammer, gracias a un reciente visionado me he permitido cascarle tres estrellas. Así soy yo.

La verdad es que hay fallos interpretativos graves, especialmente en el dúo protagonista; unos valores de producción nada desdeñables pero que en la secuencia final se vuelven irrisorios, y unos cambios de ritmo en el guion (a cargo de Anthony Hinds, uno de los dueños de la productora que firmaba bajo el pseudónimo de John Elder), que dan a veces ganas de pasar trozos a doble velocidad, como si se tratasen de las secuencias de diálogo de una peli porno.
Pero también hay que reconocerle escenas dignas de un 5 estrellas, así que vamos con el análisis de unos y otros.


Empezamos con la excelente fotografía, propia de esta primera época de esplendor de la Hammer, que empieza con unos tonos apagados en la secuencia pre-créditos, pero que se avivará según nos acerquemos a la mansión de los malos. En esta primera secuencia vemos un entierro en el que hace acto de presencia el profesor Zimmer. Su interpretación como cazavampiros es aceptable, pero la excesiva rudeza del texto escrito por Hinds le hace un poco irritante.
Como decía, Zimmer se acerca al ataúd con una pala, y sin que nadie lo espere, atraviesa la tapa del féretro y a la criatura que yace dentro. El grito que profiere junto a la sangre que mana, nos deja claro que no se trataba de un cadáver, sino de un no-muerto. Un estupendo efecto de cámara atraviesa la tapa y nos deja con el primerísimo primer plano del rostro de la vampiresa, sobre el que se proyectan los créditos. Un 10 para el comienzo, que consigue que quieras saber más de este mundo de pesadilla en el que nos acaba de sumergir Don Sharp por la puerta grande.
Tras los créditos conocemos al matrimonio Harcourt (a partir de ahora, Pánfilo y Pánfila), una pareja que recorre la zona en coche disfrutando de su luna de miel. El vehículo se queda sin gasolina, y Pánfilo deja a su mujer para ir en busca de combustible. En un precioso plano vemos al hombre alejándose a contraluz hacia un resplandor neblinoso. Un plano que transmite a la perfección el viaje a lo sobrenatural en el que los protagonistas se están internando. A continuación otro plano de bella factura y evocadora carga en el que el viento comienza a agitar el bosque y el ánimo de Pánfila, que está siendo observada mediante un telescopio por quien más tarde descubriremos que se trata del villano de turno (aunque tampoco hay que ser un genio cuando le vemos desde un castillo espiando con un catalejo).


Seguimos con la inevitable secuencia de “llegada a la posada” con unos propietarios haciendo el papel de poli bueno, poli malo (el dueño, enternecido por la pareja de recién casados, y su esposa, jodida porque ha perdido a su hija). Al poco de llegar reciben una invitación de una personalidad local, el doctor Ravna, que les invita a cenar en su palacio. La pareja acepta, y gracias a este dramático error (para la pareja), disfrutamos de una de las mejores secuencias de la película. Noel Willman, el actor encargado de dar vida al doctor Ravna, hace una entrada como deberían de ser todas las entradas de vampiros, mostrándose noble, peligroso y seductor a la vez. La escenografía está conseguida y destacan detalles que no deben ser pasados por alto, como una escultura del demonio. Mientras se llevan a cabo las presentaciones, se escucha un piano de fondo. Cuando son conducidos al salón principal, descubrimos que quien toca el piano es Carl, el hijo del doctor. Le interpreta Barry Warren, que sin pasar mucho tiempo en pantalla, consigue destacar sobre el resto del reparto. En una secuencia que merece ser revisitada, Carl seduce a Pánfila interpretando la suite que el genial James Bernard compuso para la película. Es difícil describir las cotas crecientes de expectación, tensión y carga erótica que Sharp consigue crear en esta secuencia. Mientras Pánfila bebe absenta y la caga un poco con unos primeros planos necesarios pero en los que no da el tipo, Pánfilo hace el tonto ante la chimenea bebiendo una copa de Brandy. La escena recuerda a algunos de los mejores momentos de Lunas de hiel de Polanski, en la que el marido tonto no se entera de nada mientras su mujer está siendo rodeada y seducida por una jauría de depredadores sexuales. Al finalizar la pieza, Pánfila ruega a Carl “Por favor, ¡no se detenga!”, como si necesitase un par de notas más para llegar al orgasmo. Estoy convencido de que esto era lo que pretendía el guionista, pero Pánfila no da la talla y dan ganas de abofetearla.


Mientras, Zimmer ha tenido un encuentro con una vampira que le ha dejado de recuerdo una mordedura que trata al estilo Van Helsing en The Brides of Dracula, con alcohol y fuego. Hasta aquí, las expectativas con la película están altísimas. Desafortunadamente el guion entra en barrena con una parte un tanto tediosa y una secuencia de Pánfilo haciendo unos ejercicios gimnásticos que dan un bochorno solo comparable al de Ray Miland bailando twist en X: The Man with the X-ray Eyes.
Afortunadamente la cosa pasa pronto y la peli asciende de nuevo cuando los personajes aceptan una nueva invitación de Ravna & family para asistir a una fiesta de máscaras que organiza en su casa.
De nuevo una secuencia magistralmente planificada en el que Ravna seduce a Pánfila a ritmo de vals. Ambos personajes giran alrededor de la pista quedándose paulatinamente solos en ella, mientras avanzan ante las terroríficas e inexpresivas máscaras del resto de invitados. La secuencia vuelve a recordarme otra obra de Polanski, El baile de los vampiros, en la que estoy seguro que se apoyó el polaco para construir la suya, y vemos también reminiscencias en Eyes wide shut.


¿Qué hace Pánfilo mientras? Lo que se espera de él, ponerse hasta el ojete y babear ante la hija de Ravna. Mientras, Carl se pone una máscara igual que la que entregó a Pánfilo, con lo que engaña a la joven esposa para que le siga por los corredores de la mansión tendiéndole una trampa y encerrándola con Ravna. Esta vez el doctor se ve un poco ridículo con unos colmillos que casi no le caben en la boca, pero la secuencia está muy bien planificada y ejecutada, guardando relación con la escena entre Dandridge y Amy en Noche de Miedo.
Después de la resaca, Carl y su criado tratan a Pánfilo como el patoso que es, y le echan a patadas de la casa. Comienza una parte de la trama en la que todos tratan de hacerle creer que acudió solo a la fiesta. No es un mal hilo argumental, pero está un poco deslavazado para tener interés real, y se acorta de manera demasiado abrupta con Zimmer diciéndole a Pánfilo que sabe que su esposa es prisionera de Ravna. Entre los dos hacen una incursión en el palacio (a estas alturas empieza a cansar un poco tanto viaje posada, palacio, posada, palacio…) para rescatar a la joven. Hay una secuencia interesante en la que una de las vampiras ataca a Pánfilo haciéndole un corte vertical en su pecho desnudo, lo que aprovecha este para restregar la sangre horizontalmente y crear así una cruz de sangre. ¡Chúpate esa, vampira!


A partir de aquí la película acaba de caer en picado. Si mola la relación entre vampirismo, satanismo y sectas que propone la historia, la forma de resolverlo mediante un hechizo a distancia es muy poco satisfactoria. Una enorme bandada de murciélagos entra en el palacio de Ravna y se carga a todos los vampiros. Este era un final que se había pensado originalmente para The Brides of Dracula (se podría pensar que la secuencia está copiada de Los pájaros de Hitchcock si no fuera por este detalle), pero la imposibilidad técnica para llevarlo a cabo, hizo que se optase por la memorable secuencia del aspa de molino. Es una pena que aquí no se dieran cuenta de que tampoco contaban con los medios para ejecutarla con un mínimo de dignidad y aun así siguieran adelante con ello, porque el acabado final de la secuencia desluce el resultado global y da un poco de vergüenza ajena.

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