Drácula vuelve de la tumba (1968).

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Vamos con la cuarta incursión del conde Drácula (la tercera con Lee), en la que los aspectos religiosos del conde enfrentado a las fuerzas del bien están más presentes que nunca.


La película debía volver a contar con la dirección de Terence Fisher, pero un accidente automovilístico le dejó fuera del proyecto, que pasó a manos de Freddie Francis. Aunque Francis era más conocido por sus labores como fotógrafo, hace una dirección más que correcta fruto de una buena planificación.
Sin llegar a la fotografía cuasi televisiva de las producciones de los 70´s, Drácula vuelve de la tumba se aleja del preciosismo de las anteriores entregas. Hay unos deleznables insertos de planos generales de poblaciones que parecen haber sido rodados en 16 mm. En los planos en que aparece el conde, o el director trata de dibujar una secuencia terrorífica, se utilizan unos filtros con un degradado anaranjado que a día de hoy quedan muy poco vistosos (al parecer son unas lentes que el propio Freddie Francis cedió para la película), aunque quizás los amantes de lo kitsch puedan disfrutarlos. A cambio, a partir de la mitad del metraje, encontramos algunas de las más bellas secuencias que se hayan rodado en la saga. Se trata de los momentos que transcurren en las azoteas de Karlsberg, con unos bellos escenarios y una exquisita iluminación a cargo de Arthur Grant, que sin duda han influenciado a otros directores como a Mary Harron en sus The Moth Diaries o a Roman Polanski (en cuya filmografía son habituales las escenas que transcurren sobre tejados de aspecto renacentista alemán).


La película arranca con una secuencia en la que un cura descubre una nueva víctima de Drácula oculta en el interior de una campana. Además de lo rocambolesco que resulta que el conde haya elegido esta localización para ocultar el cuerpo, ¿cómo ha podido hacerlo si se encuentra confinado bajo una capa de hielo tal y como pudimos ver en el desenlace de Drácula, príncipe de las tinieblas? La respuesta que suelen dar los fans es que se trata de una víctima de la anterior película, pero en mi opinión no es más que un error de guion.
En los primeros compases conoceremos a un sacerdote aterrorizado por la sombra del conde, y al obispo de la vecina Karlsberg (sí, mi cerveza favorita), interpretado por Rupert Davies (seguramente la actuación más solvente de la cinta). El conflicto entre fe, maldad y el papel del ateísmo en ello, es el trasfondo sobre el que trata de cimentarse el film, pero desafortunadamente el guionista Anthony Hinds (que vuelve a firmar como John Elder) no profundiza en ello todo lo que hubiera sido deseable para dar una mayor consistencia argumental.
Juntos se dirigen al castillo de Drácula con el objetivo de exorcizarlo y desterrar la amenaza para siempre. Mientras monseñor dice unas oraciones y sella la puerta del castillo con una cruz, el sacerdote se despeña y se abre una brecha en la cabeza, de la que gotea un hilo de sangre que resbala por una grieta directa hasta los labios de Drácula. Todo muy Deus ex machina. Con Drácula vuelto a la no-vida y monseñor convencido de haber finalizado su trabajo, el conde utiliza al sacerdote como su nuevo Renfiel. Tras descubrir que su castillo ha sido sellado, en lugar de ordenar a su lacayo que retire la cruz (como hará al final de la película), Drácula se deja llevar por un sentimiento tan mundano como el de la venganza, y en una escena especialmente mórbida, secuestra un coche fúnebre y saca el cadáver a medio descomponer del ataúd para ocupar su lugar, poniendo rumbo hacia la ciudad del obispo.
En Karlsberg conocemos a la extraña unidad familiar que conforman monseñor y su cuñada, y María, la hija de esta, interpretada por la inocente belleza de Veronica Carlson. Otro de los protagonistas será Paul, interpretado anodinamente por un tal Barry Andrews. En una cena familiar asistimos a una confrontación entre las convicciones ateas de Paul frente a la ferviente religiosidad de monseñor.


Paul regresa a la taberna en la que trabaja. A pesar del disgusto que lleva por la discusión con monseñor, no llega a caer en la tentación que se le presenta en la forma de la atractiva y experimentada Zena, que en la siguiente secuencia caerá bajo el influjo del conde. Zena es doblemente rechazada: por Paul, y más adelante por Drácula, como si se tratase de una sutil moralina que viene a decirnos que tanto los hombres buenos como los malos, finalmente se decantan por las mujeres virtuosas, representada en este caso por la bella María. Cuando Drácula rechaza a Zena lo hace mostrando una extrema crueldad y misoginia que solo pudimos intuir en las anteriores cintas, pero que en esta aparece en su máximo esplendor. Drácula golpea a la joven como si se tratase de un chulo, un pimp afroamericano del Harlem de la época, y la joven una zorra de a 5 dólares.

El plan de Zena para atraer a María hasta Drácula fracasa, y la furia del vampiro no tarda en caer sobre ella, esta vez de forma definitiva, ya que la desangra y convierte en vampiresa. Pero la pobre Zena es rechazada incluso post mortem, ya que Drácula no la desea siquiera como amante vampira, y ordena al cura que se deshaga de ella. Tal y como Hinds escribió esta secuencia, debía de ser extremadamente explícita, con el cura troceando el cadáver de la joven. La censura de la época no iba a aprobar algo así, por lo que el guion hubo de ser modificado. A pesar de ello, la tensión dibujada en el rostro del cura luchando con sus últimos retazos de bondad antes de arrojar el cadáver al fuego (que es lo que quedó tras el cambio de guion), es considerablemente desasosegante.
Finalmente Drácula accede a María, de la cual se alimenta. Cuando va a ser mordida, el plano pasa a la mano de la joven, que agarra fuertemente la manita de su muñeca ante el dolor de los colmillos, y la arroja después como metáfora de la inocencia perdida al ser “desflorada” por el vampiro.
Drácula vuelve a atacar a la joven, pero es detenido por monseñor, que le persigue por los tejados de la ciudad hasta que el cura traidor le noquea. Monseñor, gravemente herido, deja sobre los hombros de Paul la tarea de vencer al vampiro y proteger a su sobrina. Aunque el obispo sabe que el joven es ateo, da a entender que considera la fuerza del amor suficiente para derrotar al mal. Aunque el chico recibe un tutorial for dummies sobre caza de vampiros, el obispo no llega a advertirle de la amenaza que representa el cura malvado, y al pobre le da un patatús cuando ve llegar a Paul con él como refuerzo para proteger a la joven.
El cura trata de traicionarles descubriéndose como villano, pero todavía queda en él suficiente bondad como para no condenar la inocencia de María. Paul y el cura a medio redimir, se internan en la cripta del vampiro para detenerle. En una polémica secuencia (a día de hoy solo se la puede definir como “inocentemente gore”) que recibió las críticas de los sectores más conservadores de la industria (entre ellos el propio Christopher Lee), Paul clava una estaca en el pecho del vampiro, pero este consigue arrancársela. El joven intenta detenerle lanzándole ascuas ardientes en una secuencia trepidante y muy bien filmada, pero no es suficiente y Drácula escapa secuestrando a María.


Paul les alcanza cuando la joven, sometida a la voluntad del vampiro, arroja por un barranco la cruz que su tío colocó al comienzo del film. Paul y Drácula luchan cayendo ambos por el barranco. El joven consigue agarrarse a un matorral, pero el vampiro queda empalado en la cruz, como una parodia gore de la crucifixión cristiana. El cura, completamente redimido, lee las oraciones que acabarán por matar a Drácula. Cristo vence sobre Satanás, y prueba de ello es que el ateo Paul se persigna convertido en un nuevo creyente.
Drácula vuelve de la tumba contó con una campaña promocional espectacular, que consiguió colocar el film como uno de los más taquilleros en la historia de la Hammer, aunque la crítica se ha cebado en ella (en mi opinión de manera injusta), como el comienzo del declive de la serie.

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