Jóvenes ocultos (1987)

La propuesta original de Jóvenes Ocultos era mucho más infantil, entroncando con Los Goonies de Richard Donner, quien debía ponerse también tras las cámaras de esta. La pre-producción se alargó mucho en el tiempo, y Donner lo abandonó para encargarse de Arma Letal, con lo que el proyecto fue a parar a manos de Joel Schumacher. El director había tenido bastante éxito con su anterior película, St. Elmo, punto de encuentro (St. Elmo’s fire, 1985), que junto con El club de los Cinco (The beakfast club, 1985) conforma los pilares fundamentales de lo que se conoce como cine del brat pack. Schumacher decidió, con muy buen criterio, llevar el guion de Jóvenes ocultos a ese género post-adolescente que ya había demostrado dominar. Otro de los aciertos del film es la mezcla de géneros entre horror y comedia. Schumacher volvía locos a los productores con este asunto, llegando a temer en más de una ocasión que le arrebataran el proyecto de las manos. Dos años antes, tenemos un par de referentes con las también vampíricas Noche de Miedo (Fright Night, 1985) y Vamp (1986), aunque para ser justos, tanto estas dos como Jóvenes ocultos, son realmente deudoras de la clase de comedia terrorífica que Landis propuso en Un hombre lobo americano en Londres (An American Werewolf in London, 1981).

La película comienza presentando a los jóvenes ocultos moviéndose a cámara lenta entre un carrusel. El efecto es muy sutil, pero Schumacher lo utiliza aquí y más adelante, en la presentación de Estrella. Si no me equivoco, el primero que utilizó este recurso de ralentizar los movimientos del vampiro para darle un aíre etéreo, que ha terminado por convertirse en seña de identidad de estas criaturas, fue Leon Klimovsky en la española La noche de Walpurgis (1971).

El vampirismo en cine y literatura, suele aparecer como algún tipo de metáfora. En Jóvenes ocultos se trataría de las “malas compañías”, aunque la historia de fondo en torno a la que gira sería la adaptación de una familia en crisis a la nueva realidad que se abre a sus miembros tras un divorcio traumático. Este setting se muestra con la llegada de la familia Emerson a su nuevo hogar, y se desarrollaba mucho más en secuencias que finalmente quedaron fuera del metraje, como en la que Michael dejaba los estudios y se ponía a trabajar recogiendo basura en la playa, para tratar de suplir el papel de cabeza de familia.

Siguiendo con la película, vemos que en Santa Carla los niveles de molonidad alta no se limitan solo a la banda de vampiros y su look gipsy-punk. Todos son guapos y enrollados. Los planos son de gente real en Santa Cruz (la localidad californiana que sirve como localización de la ficticia Santa Carla). Recuerdo que cuando la vi de chaval había comentarios sobre si uno de los rostros que aparecían era el de Jesse Borrego, uno de los actores de la televisiva Fama. Estos planos aparecen al ritmo de People are stange, de los Doors (aunque lo que suena es una versión de Echo and the bunnymen). El espíritu nihilista y romántico de Morrison flotará por toda la película de manera más o menos explícita, y creo que es esta en gran parte, la causante del redescubrimiento que mi generación tuvo de la banda a lo largo de los 90´s.

Los Emerson llegan a la casa. El exterior era una localización real de Santa Cruz y los interiores un decorado que en ningún momento canta, dando muestra del excelente diseño de producción, que tendrá su máxima expresión en la cueva de los vampiros. En estos primeros compases vemos el primero de los modelitos con el que el hermano pequeño, Sam (interpretado por el fallecido Corey Haim), nos atormentará durante todo el metraje, y de la química con su hermano. La verdad es que unas secuencias más adelante, cuando los personajes de Corey Haim y Corey Feldman se conocen, saltan auténticas chispas que dieron lugar a la colaboración de ambos actores en prácticamente una decena de películas (y un reality, The two Coreys). Pero la química conseguida entre Sam y su hermano mayor, Michael (interpretado por Jason Patric), es también extraordinaria. Michael es el espejo en el que Sam quiere verse reflejado y ambos actores consiguen que algo que en verdad es un poco manido, quede bien encajado en la trama.

Volvemos a Santa Carla y sus fiestas nocturnas. Vemos a Tim Capello, un extravagante saxofonista cachas que durante años me he preguntado si era real. Y sí, lo es. Todo en Lost Boys y en el ambiente nocturno de Santa Carla, funciona como una especie de Nunca Jamás, donde solo hay diversión adolescente; o mejor aún, como el circo de Pinocho en el que los niños no estudiaban y hacían el vago, con la consecuencia de convertirse en burros (aquí en vampiros). El misterio y el horror tras el júbilo, se nos muestra a través de los carteles de personas desaparecidas que abarrotan el paseo marítimo. Funcionando a modo de profecía, este mal se introducirá en la casa de los Emerson a través de la imagen del niño Laddie en los cartones de leche.

Se presenta al personaje de Estrella, interpretado por Jami Gertz, a la que Michael perseguirá durante toda la película como un burro tras una zanahoria. Y no es para menos, porque la Gertz es de lo más bonito que han dado las pantallas de los 80´s. El siguiente personaje al que conocemos es a Max, cuya ropa trata de desbancar en cuanto a niveles de horterismo a la de Sam. Este, llega a la tienda de comics de los hermanos Frog, interpretados por el otro Corey y el discreto Jamison Newlander. Siempre me han hecho mucha gracia los hippies fumados que hacen de padres de los chicos. Me gustaba imaginar que se trataba de un par de cadáveres a los que los hermanos Frog habían puesto gafas de sol. Lo que hace realmente divertida la interpretación de los cazavampiros (además de algunas estupendas líneas de diálogo), es lo en serio que se toman a sí mismos. Schumacher encargó a Feldman y Newlander que se vieran todas las películas de Stallone y Chuck Norris, y que construyeran a los personajes a partir de ahí.

Michael se encuentra con el personaje de Kiefer Sutherland. A pesar de que no tiene demasiadas líneas de diálogo y de la buena interpretación de Jason Patrick, Sutherland se come la pantalla cada vez que aparece. Tiene un carisma y un magnetismo que no he vuelto a verle en ninguna otra peli. Los vampiros empiezan con Michael una serie de rituales que recuerdan a las pruebas de iniciación de una fraternidad, a medio camino entre pruebas de valor, madurez y bromas pesadas. La banda no deja de ser poco más que los malotes de instituto que no paran de burlarse de Michael empujándole con técnicas de presión grupal. Ya en la cueva, vemos el uso de los poderes mesméricos de los vampiros, haciendo creer a Michel que está comiendo gusanos. Este seguimiento del canon vampírico con pequeñas reinterpretaciones, es una constante a lo largo de toda la película. Por ejemplo, la necesidad de ser invitado por el dueño de la casa, las debilidades, el dormir en ataúdes (que adaptan por colgarles boca abajo como si fuesen vampiros reales)… Estas secuencias se combinan con una en la que vemos el cuarto de Sam, con un par de posters de Rob Lowe y Molly Ringwald (dos de las figuras más importantes del brat pack). Pero para guarida psicotrópica, merece la pena ver unos planos eliminados en los que se nos mostraba la casa de Max (el vampiro líder). Todo un monumento al ochenterismo más pasado de vueltas con cantidad de neones de formas geométricas.

Unas secuencias después, presenciamos uno de los momentos que más miedo me daban de chaval. Michael intenta cargarse a su hermano pequeño pero es detenido por el Alaska Malamute de Sam. ¿Todos los que tenemos hermanos mayores hemos temido alguna vez que fueran a matarnos, o he sido solo yo? Después de una de las secuencias más terroríficas, pasamos a una de las más tontas e innecesarias, con Michael volando fuera de la casa agarrado al teléfono como si fuese el Gran Héroe Americano.

Cuando después de echar un polvo en una sucesión de imágenes videocliperas, Michael vuelva a casa, intercambiará con Sam algunas miradas desprobatorias que reafirman la estupenda química entre ambos actores.

En una secuencia de alivio cómico en la que Max queda a cenar con la madre de los chicos (Dianne Wiest), Sam y los Frog, volvemos a un speech del vampiro jefe en el que se ahonda en el drama familiar, y que se incorporará al universo vampírico (de una manera grotesca pero muy acertada) en el último discurso de este personaje al final de la película. Max es el nuevo novio de mamá que intenta ocupar el puesto dejado por nuestro padre ausente. Y si hubiera alguna duda sobre que no es un tipo de fiar, ¡zasca!, ¡es líder de un grupo de vampiros!

Los chicos han atacado a los vampiros en su cueva, pero no han conseguido acabar con ellos. Tras esto, una secuencia de las que tanto me gustan de las películas de vampiros en la que se preparan, en una contrarreloj al atardecer, para el ataque.

El enfrentamiento final es realmente divertido, y los maquillajes y diseños de Greg Cannom son una pasada que crearon un nuevo estándar en el aspecto de los vampiros (seguramente, su más directo deudor sea la Buffy de Weedon).

La enigmática secuencia final en la que el abuelo revela que conocía todo el asunto de los vampiros (muchos fans aseguran que lo que bebe de la botella es sangre y que él es el auténtico líder de la secta) pone un estupendo broche final. Corey Feldman se mosqueaba, en clave de humor, con el papel del abuelo por estar al tanto de todo y no haber abierto la boca: “Hora de llevar al abuelo al asilo”, decía…

Jóvenes ocultos es una peli cojonuda. No se lleva las cinco estrellas completas porque en mi opinión, el paso del tiempo le ha afectado de una forma que creo que no le ha pasado a la similar Noche de miedo. Seguramente porque Noche de miedo trata de beber de los clásicos, lo que acaba por conferirle un aire más atemporal, y Jóvenes ocultos es un evidente producto de las modas de su época. La alucinante fotografía de Michael Chapman sigue dándole un aspecto actual, pero el montaje y dirección videocliperos de Schumacher, el diseño de vestuario y algún otro aspecto, hacen que veamos algunos momentos con una inevitable media sonrisa.

Ya que no llegan a alcanzar el mínimo para estar en la lista de 101 vampiros por méritos propios, haré una pequeña mención a las dos tardías secuelas de Jóvenes ocultos. Durante años se habló de hacer una segunda parte. Schumacher apostaba por un Jóvenes ocultas, en las que las protagonistas serían una banda de moteras vampiras. Corey Feldman declaró que también se habló de una posible secuela que transcurriría en Washington DC, y en la que los antagonistas serían los chupasangres del parlamento. Pero con Corey es difícil saber cuando habla en serio y cuando en coña. Lo cierto es que la tercera parte directa a video, Jovenes ocultos 3: Sed de sangre (Lost Boys: The thirst, 2010), introduce una secuencia en Washington con un congresista, así que quizás no fuera una coña. De esta tercera parte, aun siendo superior a la segunda, destaca poco más que el regreso de Jamison Newlander junto a Feldman, y un par de secuencias robadas sin mucho reparo a Somos la noche (Wir sind die Nacht, 2010) y Beyond the Rave (2008).

De Jóvenes ocultos 2: vampiros del surf (Lost Boys 2: The Tribe, 2008), poca cosa, salvo una primera secuencia con Tom Savini, la presencia de otro Sutherland como líder vampiro, el regreso de Corey Feldman y una última secuencia con un cameo de Corey Haim (en la que creo que fue su última aparición antes de fallecer).

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