Sed (1979)

“Thirst” 1979

Dir: Rod Hardy.

Int: Chantal Contouri, Shirley Cameron, Max Phipps, Henry Silva, Rod Mullinar, David Hemmings, Rosie Sturgess.

En la década de los 70´s, la figura clásica del vampiro había perdido todo el fuelle. Un nuevo terror abanderado por nuevos creadores, se imponía sobre las fórmulas tradicionales (La noche de los muertos vivientes, La semilla del diablo, El exorcista). Por si fuera poco, el video doméstico hacía tambalearse la industria. El vampiro había quedado relegado a la pequeña pantalla, pero afortunadamente hacia el final de la década, varios autores se enfrentaron a la figura del vampiro buscando un enfoque novedoso. Gracias a esto, tenemos títulos como Rabia (1977), de David Cronember, Martin (1977) de George A. Romero, o esta Sed (1979) que hoy nos ocupa.

Sed es la ópera prima de su director Rod Hardy, un tipo que en esta producción australiana apuntaba muy buenas maneras, pero que no tardó en buscar fortuna en Esdados Unidos donde ha visto su carrera relegada a las series de televisión (y a alguna bizarrada como el Nick Furia protagonizado por David Hasselhoff).


Kate Davis, es una profesional de éxito con una buena vida. Una noche es secuestrada y conducida a las instalaciones de un elitista grupo que afirma que Kate es descendiente de un linaje vampírico. Los secuestradores son también una especie de vampiros a los que no afectan el sol y demás, pero que consiguen cierta longevidad y poder gracias a la ingesta de sangre humana. Kate no tarda en descubrir que las instalaciones son una especie de granja donde los humanos pasean drogados a la espera de ser “ordeñados”. A partir de este punto, a la película la vertebran dos ideas principales:
Por un lado el de la lucha de clases. Los vampiros de esta sociedad secreta ven a los humanos como animales de los que alimentarse, del mismo modo que las “élites” de nuestra sociedad se alimentan metafóricamente de los estratos más bajos. Durante la historia, no llega a quedar claro del todo cuales son los beneficios que los vampiros obtienen de la sangre. Una necesidad vital no debe ser, puesto que Kate ha pasado todos estos años sin consumirla. Esto deja flotando en el aire la idea de… “qué coño, lo hacemos porque podemos”. Tampoco quedan claros los motivos de los humanos para permanecer en la granja. Hay cercas y demás, pero no parecen poner mucho empeño en salir de allí. Quizás por dinero. Esta ausencia de respuestas enfatizan su condición de ganado. Como ovejas tras un cercado, están allí porque tampoco tiene otro sitio al que ir.
La otra idea del film es el de las técnicas de control mental y lavado de cerebro. Con ellas intentan que la protagonista  acepte su condición de vampiresa. Cuando los “argumentos” no son suficientes, los vampiros comienzan a experimentar con ella diversas técnicas que le hacen alucinar con situaciones cotidianas que inevitablemente acaban en desconcertantes escenas sangrientas. Es aquí donde tenemos alguno de los momentos más inquietantes de la película (no diré terroríficos, ya que no parece esa la intención de su director), y donde se juega varias veces con el recurso de no saber si Kate lo ha soñado todo o ha escapado, para descubrir más adelante que sigue alucinando en una cama a merced de los vampiros.

thirst

La película se enmarca dentro del movimiento conocido como Ozploitation, o cine de explotación australiano. Estas películas se rodaban con la idea de amortizarlas mediante las ventas al extranjero, por lo que trataban de descontextualizarse del paisaje australiano y tener un aire indeterminado o diréctamente yanqui. Por ello, era habitual traer algún nombre norteamericano, normalmente estrellas de capa caida, que no tenían un éxito desde hace décadas, o directamente consumidos por el alcohol y las adicciones. En el caso de Sed, entre la secta de vampiros encontramos a David Hemmings, inolvidable en sus papeles en Profondo Rosso y Blow-up, y Henry Silva, eterno villano y secundario de rostro pétreo. Esta mezcla entre estética de cine norteamericano y la idiosincrasia propia australiano, hace que estas películas tengan cierto encanto especial propio de algo imprevisible y que no termina de encajar.

Sobre Henry Silva hay una anécdota que merece ser recordada. Hacia el final de la película, su personaje tenía que agarrarse al patín de un helicóptero en marcha, y aunque la mayor parte de la secuencia la protagonizaría un doble, necesitaban también algunos primeros planos del actor. Este dijo que ni de coña se acercaría a ese trasto, así que la productora montó un falso patín sostenido por una grua, en cuya plataforma filmaba la cámara. Silva corrió a agarrarse al patín. La plataforma no debía subir más de un par de metros, pero el director decidió llevarse al actor colgando hasta una altura de unos 15 metros.
La partitura es una delicia setentera firmada por el compositor australiano Brian May (no confundir con el de los Queen). Es difícil de encontrar, pero al igual que la película, merece la pena el esfuerzo por descubrirla.

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