Drácula, príncipe de las tinieblas (1966)

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Ocho años tardó Christopher Lee en volver a dar el “sí quiero” y enfundarse la capa de Drácula por segunda vez. La razón para tan continuadas negativas fue su temor a quedar encasillado, lo que se vio más que justificado ya que fue lo que sucedió.

Hay varios defectos que se podrían sacar a relucir a esta película, las principales de ellas referidas a la dirección de Terence Fisher, demasiado plana y teatral, y lejos de los niveles alcanzados en Horror of Dracula, Brides of Dracula y lo que andaba haciendo con la saga de Frankenstein. Pero como pienso que el Drácula de la Hammer se ha llevado ya bastantes palos (en muchos casos injustificados), vamos a pasar a lo que mola de la película.

Para empezar la fotografía de Michael Redd: En los años gloriosos de la Hammer Films, vieron en el color el gancho con el que atraer a un público que hasta ahora solo conocía los monstruos en blanco y negro de la Universal. La sangre se veía de un rojo intenso y terrorífico (sin ir más lejos, la secuencia del degollamiento de esta) y las paletas de color utilizadas eran como para hacerse un chalet y quedarse a vivir en ellas. El plano en el que Lee hace su entrada en una de las terrazas de su salón principal, con un rojo intenso de fondo, es una de las más bellas e icónicas imágenes de la saga.

El guión de Jimmy Sangster (firmado con el pseudónimo de John Samson) adolece de cierta falta de ritmo y lentitud en el arranque, pero cuenta también con algunas buenas ideas, como un villano secundario, Klove, que se muestra bastante más competente de lo que es habitual en este tipo de secuaces de mad doctors y vampiros. Sobre este particular, hay que señalar que Lee opinó que las líneas de diálogo que Sangster le había dado a su personaje eran tan malas que, aun accediendo a participar en la película, se negó a recitar ninguna de ellas, por lo que Drácula sufre un inexplicable mutismo durante todo el metraje (y la mayor parte de películas de la saga que seguirían a esta).

El film comienza con una secuencia en la que se rememora la muerte del vampiro a manos de Van Helsing en Horror of Dracula. Buena elección, porque si algo nos gusta a los fans del género, son las secuencias de destrucción y resurrección que había en todas las películas Hammerianas de Drácula. A continuación se nos presenta al personaje de Sandor, un trasunto eclesiástico del Van Helsing de Cushing, al que echaremos de menos hasta las tres últimas películas de la saga (Dracula AD:1972, The Satanic Rites of Dracula y The Legend of the Seven Golden Vampires). El carisma de Sandor no llega a la suela del de Van Helsing, y es el típico erudito cara de culo que la Hammer mete en otras películas como Quatermass o Kiss of the vampire. A continuación se nos presenta al grupo protagonista, dos matrimonios de excursión por los Cárpatos (mala idea), que desoyen los consejos de Sandor sobre no acercarse al castillo del conde (muy, muy mala idea), tras vivir el inevitable encuentro con lugareños supersticiosos en la posada.

Una vez en el castillo, Klove va haciendo que los huéspedes caigan en la trampa que llevará a la resurrección de su amo. En un ataúd con cenizas del vampiro y sangre de una víctima, se va formando el cuerpo del vampiro mientras una niebla espesa va cubriéndolo todo. De ella sale la aterradora mano de Drácula, que se mueve por el borde del sarcófago como si se tratara de una araña y que sin duda debió inspirar los gestos que Frank Langella efectuaba en el Drácula de 1979.

La trama avanza a trompicones hasta que la pareja superviviente es conducida por Sandor hasta su monasterio, donde asistiremos a algunas de las mejores secuencias de la película. Allí se nos presenta a Ludwig, un personaje que da cierto contrapunto cómico que le viene muy bien a la película, y que como veremos en Fright Night part 2, ha servido de inspiración para otros guionistas.

Mientras la joven protagonista descansa en su aposento del monasterio, aparece por la ventana la vampiresa rogando que le deje entrar, haciéndose pasar por la humana desamparada que fue en vida. Esta secuencia recuerda a la que más adelante rodó Tobe Hopper en su adaptación televisiva de Salem’s Lot y que aun a día de hoy nos roba el sueño a los que la vimos por televisión siendo niños.

La vampiresa es capturada por los clérigos y asistimos a una desconcertante secuencia de violencia con claras connotaciones sexuales. Un grupo de curas sostienen a la atractiva mujer boca arriba, agarrada por cada una de sus extremidades. La imagen recuerda poderosamente a una escena de violación en grupo en la que los subalternos sostienen a la víctima para que el líder (Sandor) la penetre, cosa que por supuesto hace con una estaca. Momentos después, Drácula entra en los aposentos de la protagonista y se auto inflinge una herida en el pecho para que su víctima/amante beba de ella. Las connotaciones sexuales son también obvias y la imagen es lo suficientemente impactante como para inspirar una de las más recordadas secuencias del Drácula de Coppola.

Finalmente Drácula es eliminado de una forma que deja sensaciones ambivalentes. Por un lado su muerte es original e inteligente, pero por otra le falta espectacularidad, aunque el plano del rostro de Lee bajo la capa de hielo suponga un excelente broche para la película.

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